Homo Homini Lupus: ¿Quién teme al lobo feroz?

Tengo cosas que hacer. Sin más explicación coges tu chaqueta de borrego y sales. Pisadas, portazo, pisadas, silencio. Calle abajo goteas sangre, oscura y densa, no es tuya. Tu última víctima vuelve a la cama contenta, ha salido todo bien. No lo haces por necesidad, ni por instinto, es meramente maldad. A tu paso se acumulan los cadáveres que te sirven de peldaño para alzarte nuevamente. La culpa no es mía, te repites. Esos corderos abrieron sus casas a mí y yo lo he hecho todo por su bien. Pobres ingenuos.

Te ves como un lobo, fuerte y poderoso, pero a la luz de sol sale la auténtica cara de tu ser. Un miserable se refleja en los cristales de los escaparates. En la próxima batida saldrán en tu búsqueda. Y te zafarás, estás tranquilo, no tienes sentimientos desde hace al menos 30 años. Has destilado tu maldad a fuego lento. ¿Lobo, qué fue de tu manada?, ¿Lobo, tus cachorros?, ¿Lobo, las noches de luna llena?, ¿Lobo, tu libertad? Lo vendiste todo para comprar esta piel de cordero, lo hiciste consciente y la luces con orgullo. Te ofendes cuando alguien te retira la capucha y rasgas tus vestiduras en un guión que roza lo absurdo con tal de mantener tu apariencia tan humana. No hay normas, ni verdad. Ponerse a tu nivel es jugar sucio.

La felicidad: el sabor a sangre y óxido, la satisfacción del daño bien hecho. La justicia: el frío de las noches a solas.

Todo lo demás, meros pretextos. Pides perdón a gritos y sales airado a seguir con tus faenas. No entra en tus planes cambiar de actitud.

***

Fui cordero y fui cachorro de lobo. Fui cadáver en tu cuneta. Y aún recuerdo el escozor de cómo me arrancaste la piel para coser un trozo más a tu pelaje postizo. Entregué mi sangre a tu causa y la idea me repugna.

Debo reconocer que me extrañó verme aquella mañana al espejo con un cordón blanco marcado sobre el morro. Poco después comprendí para qué servía aquel collar de tablillas y clavos que había guardado en un cajón. Todo cobraba sentido por minutos, el exceso de lealtad que tan caro pagué, la fiereza que reprochabas. Testarudo y robusto como un roble. Amable y cariñoso ante las buenas formas. Implacable ante el peligro. Defensor de lo suyo siempre dispuesto a dejarse la vida por lo que le pertenece. Recuperé aquella contundencia, el valor de ley y la constancia. Soy libre de nuevo.

No contesté a tu llamada. Escuché las risas de tus hienas. Simplemente, tracé la línea que no debes cruzar. Hoy me senté a la puerta de mi terreno a dormir sobre una conciencia tranquila. Pelaje de invierno y manchas. No esperes un ladrido. Son tiempos de mastines.

 

Retales de un Teruel a cielo abierto

 

Zaragoza. Viernes. Madrugón de febrero, cielo gris, viento frío, botas de montaña y mochila. Doce cabezas con sueño asoman la cara por el portal, cada uno en una punta de la ciudad. Veinte años, veintipocos, no rozan la treintena y van a lo suyo. El vecino de Unax que llama siempre que quiere salir; Laura, que no contesta, otra noche en tick azul; Juan, o lo que queda de él,y su amiguita que te asquea; el último cubata de anoche, será el último; se me ha muerto la memoria ram del PC; hoy no me termino de despertar; súbele el volumen a los Rocky Sharpe; ¿Cuencas mineras hoy? Paso.

Entusiasmo del encuentro, saludos con pocas palabras, sueño, mucho. Venga chavales al Patrol. De camino al Sur, el día no levanta. No vamos a Canarias precisamente vamos hacia el Teruel profundo, y cuando digo profundo me refiero a hondo, del subsuelo puro y duro.  Saluda ya el cabalgamiento de la Hoz de la Vieja. Vamos a la Corta de los Alemanes, a la de Endesa, la de Alloza. Comienza a gotear y en pocos segundos ruge la tormenta.

Deberíamos sentirnos afortunados, hoy nos cae en Teruel la mitad de lo que llueve en un año. El fango esta suelto y el Patrol patina. Llueve a manta. Y el viento se empaña en buscar cualquier pequeña rendija para asegurarte de que te calas hasta los huesos. Pareces cortadas perfectas, en cuadros, a escuadra y cartabón.  Cuatro matojos de romero por aquí, un intento de carrasca unos metros más allá. Foto de satélite de los años 80.

Un cuadrado oscuro a primera vista, gris por fuera, más oscuro conforme se acerca al centro. Son rampas. Una bajada hasta el centro mismo de la tierra. Negro. Betas. Bombas de extracción de agua, camiones, gasoil y humo. Profundidad, mucha. No podría llegar a imaginármela solo observando la foto del satélite.  Del tremendo agujero solo quedan unas marcas. Una evaluación de una restauración ambiental poco favorable. Aún se atisba el hoyo, la vegetación ha muerto y huele como a azufre.

Diluvia. Chicos de ciudad. Calados hasta los huesos. Las botas hundidas en un barro rojizo mezclado con restos de azulejos y hierros retorcidos. Tiritando. El chubasquero escurre, los pantalones también. A penas se puede ver y el viento te golpea contra el cortado. Oponer resistencia a los elementos cuando pesas unos 60 kilos no es fácil y optas por agacharte y rezarle a un arbusto similar al que entregó las tablas de la ley a Moisés.

Teruel, Teruel duro y profundo, Teruel que se desangraba y que dejó sus heridas abiertas al sol y al viento. Teruel descarnado, obreros en las minas, familias que despiden a padres y hermanos que marchan al carbón, camiones, maquinarias. Bombas de achique, carbón para la central. Cielo abierto. Subterráneas. Aún a día de hoy muchas siguen abiertas al aire, miles de hectáreas que enseñan sus tripas, escondidas de los ojos de los transeúntes. Tripas que claman al cielo. China. Se lo llevan. Se acabó. Para nosotros tierra yerma. Cierres, paro. A la calle, a Zaragoza o a dónde sea. Aún puedes tener suerte de verte ocupado por un familiar, una empresa de camiones, una oficina de correos, una iniciativa propia. No te vas a dejar vencer rápidamente. Naciste en las tierras secas, cuarteadas, con las manos vacías, llenas de trabajo, la cara marcada por el hollín. Obrero, honrado, currante, aragonés. Sin reblar.

Adiós Teruel. La mina de Utrillas riza la superficie del agua. Una laguna profundísima, de un azul que te inspira a saltar.  Azul eterno y venenoso, yermo, tierra donde no crece ya nada. Agua sin peces ni algas, agua con azufre, agua que cubre el llanto del Teruel olvidado, el Teruel emigrante, el Teruel obrero, el Teruel al que homenajeamos y tratamos de restaurar.

Si por un solo instante una gota de sangre en tierra te ayudara a despertar, a renacer, a cubrirte de vida y de hermanos, derramaría mis venas sobre ti. Teruel, negro como el carbón, existes. Somos parte de tu semilla, los aragoneses que hoy, como antaño, miramos a otro lado, a tierras al Este donde se trabaja y paga, tenemos sangre minera.

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Mina de Utrillas a cielo abierto, inundada

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El frío no es fingido

Cuaderno de recortes: Landing delayed

fb_img_1473111194250La vida era aquello. Un coche negro enorme, dos orejas peludas siempre atentas, el arroz saludando con la mano y el pelo aún mojado del último canal. La radio siempre a tope y la música en catalán. Las noches sin luz y la vía láctea. Dos dunas, tres caminos, cuatro tomates, cinco herramientas, seis manos de pintura y un sol. Sol cálido y mayor, desafinado, a contra tiempo y probablemente muy desatinado. No era lo nuestro, lo sé, pero no nos cortábamos ni lo más mínimo en destripar algún clásico.

El rugido temible de la ciudad callaba. Se ahogó hace tiempo y toda vibración quedó amortiguada. Torpe. Muerta. Enterrada. Lejos. Y el calor que escupían las baldosas no podía competir contra la fuerza de unos pies que habían andado descalzos.

Dicen que el verano ya pasó, que ahora la vida va en serio (como diría Gil de Biedma) y que sí, que te subas la cremallera de la chaqueta. Pero no has vuelto. No. Volviste a tu viejo puesto, a aquella ciudad tan ajada, a las viejas historias, a los adoquines y las marcas en el suelo que indican dónde va a caer el yunque.

Dicen que volviste a la ciudad. Dicen que tienes buen aspecto. Dicen que te vieron por la calle mirando a los ojos de la gente. Dicen que tienes las manos desnudas. Dicen que sonríes. Que juegas al futbol con los muchachos del barrio. Que bebes, pero nunca a solas. Que golpeas fuerte pero no con los puños. Que recuperaste tu contundencia. Que te olvidaste de todo. Dicen que has vuelto a la ciudad. Dicen que volviste. Pero no.

Dicen que marchaste. Que te fuiste con cajas destempladas. Con los puños apretados. Que nunca quisiste volver. Que destrozaste aquellas fotos y te cortaste con el vidrio de lo que quedaba de ti. Que nadie te merecía, que eran necios, ignorantes, mercaderes y judas. Que no quedaban cadenas para ti.

Y ahora todo terminó. Fuiste y volviste.

Dicen que volviste. Pero no.

No me volví a ver nunca más.

 

Cuaderno de recortes: Almau

A la cálida sombra de bodegas Almau, con un par de copas de vino sobre la barra, divagamos elongados, de lo divino y lo humano, de la importancia de soportar el envite de los tiempos. Del atisbo de realidad tras el sentimiento de fiereza.

De por qué unos y no otros, y de la materia de aquellos acordes de Sopeña que tanto me esforzaba en mostrar a mis dos amigos, no solo esa noche, durante todo el año. Que sí, que se nota mucho quien compone, con un solo re menor saldríais de dudas. Que no vale con dar la cara, que hay que saber estar. Calles lejanas muy lejanas, tanto que están ya en blanco y negro y de vidas que se cruzaron, como nosotros esa noche, para arrojar algo de luz.

Y que sí, se debe saltar sin red, para ejecutar el salto sabiendo que no habrá oportunidades de rectificar. Decíamos; equipos, redes, entramados, átomos, cobaltos e hidrógenos, mares, manos, trenes, la muerte de Ricardo Corazón de León –durante, al menos, dos calles–, tres huidas, un desierto y dos fuentes. La culpa no es tuya. Sí lo es. No, es de ese señor del fondo que no nos conoce de nada. ¿Otra más? Venga ¿Y ese tal Gocu Conchenga, que dices que oyes ahora? ¿Gocu? ¿Gocu Malla? ¿Coque Conchenga? ¿…Qué?

El calor de septiembre, el alivio de la compañía y el respaldo de aguardarnos, guardarnos y aguantarnos, en definitivamente, amarnos. Lejos de la infinita prostitución del término amor. ¿Os acoraréis en enero, cuando llevemos el abrigo abrochado hasta arriba, de las noches de calor en camiseta en esta misma calle?

Mantear al que cae, para que alcance el ascenso en su descenso y dejarle claro que estuvimos, estamos y estaremos. “Los amigos normales” me soplaban “también valemos para estas cosas”.

No deseo nada más que estas tres copas de vino con vosotros dos.

 

Jefe, una de boquerones por favor.

Puede contener trazas…

Pienso en la ducha. Y con todo lo que me como el tarro debo estar a punto de ver cómo me salen branquias. También me leo los botes del champú, no solo vivo de poesía contemporánea. El champú no tiene parabenos, ni alcoholes, solo extractos de inofensivas plantas.

¿Un paseo por el súper? Sí claro, gluten libre de gluten, leche sin lactosa, leche de plantas (los nuevos mamíferos), zumo de piña sin piña (lo sé, soy alérgica y no me irrita ni lo más mínimo), compresas sin cloro, tampones sin colorantes, yogures de vacas de pasto, acelgas que nunca vieron el monte desde su mata. Espárragos dignos de la extinción y gasolina sin plomo. Whatsapp sin tick azul para que no se ralle la parienta. Uy, que no salga mi cara en Facebook. Uy no, no, yo no firmo para que garanticen las pensiones. Las mulas no deben trabajar, mejor me pongo yo el arado y tiro. Un mundo sin. Por ser tan sin, tenemos bandas sin ni un miembro original de la formación. Y formaciones tributo que podrían encontrarse con sus propios tributados.

Hemos conseguido un mundo sin. Un mundo sin mundo. Y un ser humano que repele hasta su propia mierda. Pero hay algo que nos falla. Algo que no sale en los envases, ni lo anuncian en las gasolineras, ni tiene un simbolito de garantía…los imbéciles. Hay imbéciles por todas partes, idiotas olímpicos, gilipollas profesionales… sí, sí, tal cual. Pelmazos totales, auténticos hijos de puta capaces de invertir las acciones del Rey Midas y convertir absolutamente todo en mierda. Mierda, eso sí, de primerísima calidad.

Un imbécil en un concierto, hace mil preguntas, se queja, se sale fuera a hacer como que fuma y deja la mierda bien gorda antes de irse sin decir nada, para que los que se queden… apechuguen que para eso están.

Un imbécil en tu cumpleaños trae bombones, o vino, o una escultura de bronce y se lo come todo él mismo (escultura incluida). Un imbécil en una tienda de discos prefiere siempre el primer álbum de cualquiera, aunque sea una cinta de ocho pistas sacada de un 4L de un desguace de la peor barriada, reniega del progreso. Un imbécil es siempre más que tú, el doble y si cabe, el triple que tú.

Un imbécil por lo general, no tiene ni puta idea, pero sabe (con toda seguridad) que la banda sería mejor si tocara él. Un imbécil, es agotador, se ha pasado toda la vida estudiando deportes extraños y lo sabe todo, desde el curling, hasta el polo, pasando por el hockey en bici y lo peor, te lo hace ver siempre. Un imbécil atasca tres rotondas con un solo coche. Un imbécil espera a contestarte a las cuatro de la mañana para decirte que no puede hablar –después no comprende que estés de mal humor porque te acaba de despertar–.

Un imbécil te la lía, sin más, y te hecha un broncazo que te hunde en la mierda. Después se le olvida y se pregunta eternamente qué te ha hecho para que tú lo evites.  Un imbécil recorre 20 kilómetros para echar gasolina en un puesto un céntimo más barato. Un imbécil habla de sus veinte millones de viajes por el mundo que ha hecho viendo los documentales de la dos.

Un imbécil hace de todo una mierda total y consigue, sea como sea, que todo gire en torno a él mismo. Y ante todo no coopera, dinamita.

No pido un genocidio de todos los gilipollas de esta vida. Solo pido un simbolito que indique que puede haber trazas de imbécil para que te aventures bajo tu propio riesgo. Y si todo está seguro y en calma se garantice el imbécil free.

Porque todos tenemos un puto gilipollas en nuestra vida (con un poco de suerte solo uno).

Música….ehm…sí

Mi infancia son recuerdos de una clase de música. Puntualizo, una clase de música vista desde el ventanuco del pasillo, porque yo, actualmente melómana crónica, tenía mis roces con el solfeo. Roces que me hicieron muy feliz y algún que otro moratón por caerme de aquellos pupitres en pleno síncope intentando no morirme de la risa allí mismo.

Tal era mi pugna por aguantar un par de segundos más que acababa por estallar en cualquier pequeño guiño al espectador ¿Mi favorito? FA, el desodorante de los músicos, aquellos dos segundos preparados para el grillo se convertían en mi momento masivo de alivio, estando a punto de saltarme el lagrimón.

Si, mi, la, re, sol, do, fa. Así, como la lista de los reyes godos, aprendí algo de solfeo al capón, porque no me quedaba otra forma de aprender aquella brujería. Ponme a tocar y que componga Bach o Schubert. Yo a día de hoy oigo redonda con puntillo y me giro a ver dónde está el puntillo esperando cruzar la mirada con el mismísimo Steve Urkell.

Sin embargo, la clase de música exigía la progresión del alumno. Llegabas en septiembre a tu primer examen preocupadísimo porque no entendías el término temible “ARMADURA DE SOSTENIDOS” y estabas buscando la salida por la tangente más próxima para escaparte por ahí. Sin embargo, para mayo, habías aprendido a afrontar tus limitaciones presentándote in albis al examen de música y esperando sacar la nota más baja posible para reírte a saco. En el apartado: Titule este fragmento de canción y dé su tono contesté La Macarena, tono “Los del Río”.

Un poco antes de todo aquello; el cambio de siglo nos puso en la mano una armónica de 42 agujeros dobles que nos iba a acompañar en nuestras mochilas hasta, literalmente, caerse a cachos. Los exámenes de práctica musical tenían el apartado de armónica –esa gran desconocida-. La mayoría habían perdido lengüetas y sonaban más o menos como una bocina de barco. Uno de nuestros coetáneos presentaba un problema al llegar a La y el graznido de aquella cosa nos traía locos. Al acabar el examen la armónica entraba en la mochila, de donde nunca debía volver a salir. Estimado profe: ¿qué es eso de no tener sostenidos en la armónica y que todo suene a rayos en vinagre? ¿Qué tipo de brujería hay en ir por ahí sin alteraciones? Esto entra como tortura de guerra.

Nosotros empezamos a soñar con punkarras de pelo tieso, con cazadoras de cuero con imperdibles, con noches al pie del cañón (ay, Rosendo) aunque desconocíamos la realidad que se esconde en el culo de un botellín de cerveza. Tiernos infantes. Unos más que otros empezamos a preguntarnos qué era eso de llenar estadios con una guitarra al cuello (no lo hemos descubierto pero igual podemos preguntarle a alguien, digo yo). El canto no era lo nuestro. No. Para nada. Nada en absoluto. Cero. Patatero. Y más si tenemos que cantar por notas solfeadas sobre cinco líneas. De esta manera se perdía la letra de las canciones y la posibilidad de hacer chanza y chonada de tan venerable asignatura. Mención especial para En la punta del manzano…. manzano…sí claro. Usted cante. Y una sucesión de notas que te sonaban de haber tocado con la flauta salían con más o menos gracia. Cuanto peor más gracia tenía la cosa. Un compañero al que en ese momento admiré profundamente se negó a cantar solo por ahorrarse una buena bronca por no tener oído musical. Oído musical, sí claro. Mucho.

Pero la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida y de repente aprendes a diferenciar entre un bajo y un contrabajo y un contrabajista de un perchero y un perchero de un piano de cola a base de patear salas de conciertos y de pringarte de birra hasta límites insospechados. Recuerdo el día que mi niña llegó a casa, desde Alemania, fruto de una ruptura sentimental y media beca Erasmus retrasada, envuelta en miles de quilos de papel de burbujas y me la colgué para destrozar mi primer tema. Adoro esa canción y esas derrotas, cada ampolla en la mano y cada púa que pierdo me indica un progreso. Ahorro para entrar a los conciertos y si no puedo pagarlos presento mi título y mi cámara y sudo tinta para que sepan que me cuelo para dar lo mejor de mí. Noches al pie de la canon, mi otra niña, somos tres en esto.

Me subí a un escenario por primera vez en la plaza de toros de Zaragoza, hacía frío, tenía varios segundos de retorno y a puntito estuve de acompasar mi resaca con una caía del proscenio al albero. Fue una cagada integral, pero …¿quién dijo que las primeras veces son desastrosas?

La faena no se me dio mal. Salí de la plaza con dos orejas: LAS MÍAS, en un tupper.

 

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Recuerda: Do, Mi, Sol y Sí aspira. Y tú aguantame muchos años. LARGUÉMONOS

 

Al pie de mi canon

Recuerdo haber ahorrado durante meses, saqué de aquí y de allá, de los restos de mis becas, de la navidad, de mi cumpleaños. Recuerdo haber pegado mi nariz al cristal de cada tienda hasta que lo supe. Es esa. Lo pensé un par de días y entré decidida a llevármela el día que el Rey decidió dejar su puesto de trabajo, lo consideré algo así como una señal.

Modesta y pequeña, pero mucho mejor de lo que podía haber llegado a conseguir en cualquier otra parte. Desembalé cada pieza y las monté con el impulso eléctrico que producía escuchar los clicks limpios de los ensamblajes. Salía a la calle con ella de la mano. Deseaba salir de trabajar para sacarla y sentir entre mis manos las bajadas bruscas del espejo.

La vida fue dulce a su lado. Sufrió conmigo, fue mi terapia y más de una vez pasó por manos de un experto para solucionar los estragos de su trabajo excesivo. A su frente: mi gente. A mi espalda: mi gente. Miles de sonrisas que se han paseado por medio mundo, pocas veces la mía. Miles de sonrisas que se han perdido en correos electrónicos nunca abiertos.

Nunca pedí dinero por mi trabajo, no lo consideré un trabajo y, la verdad, me equivoqué. Porque otros muchos también vieron en las máquinas un lecho y pronto dejé de aparecer. Seguía allí pero ya no importaba. Otras personas y otras cámaras, similares a las mías. Y esa sensación tan extraña. Una mezcla de frustración, abandono y furia. Un barrido del mapa.

El placer de mirar a la gente por el visor se había esfumado y yo seguía en la calle con mi cámara al cuello. Todo lo que construí con ella ha muerto. No queda nada. Sigue ahí con sus luces y sus modos perfectamente configurados. Pero ya nadie pide sus fotos porque a nadie le importan y puede que a nadie le hayan importado nunca. Porque qué más dá. Los pedazos de papel satinado están desordenados sobre la mesa.

Ese ya no es mi presente y no quiero que sea mi pasado.